XVii.- CRITICA AL COLONIALISMO

En septiembre de 1899 un decreto del Gobierno Silvela, dirigido expresamente "contra los separatistas", tras el reciente éxito del nacionalismo vasco en las elecciones municipales, suspendió las garantías constitucionales en Bizkaia.

Este decreto supuso, entre otras cosas, la clausura del diario El Correo Vasco, y que el Partido Nacionalista Vasco dejara de contar con un órgano de prensa.

No sería hasta marzo de 1901 cuando el nacionalismo vasco volvería a contar con una publicación periódica, en este caso la revista trimestral Euzkadi, dirigida por Sabino de Arana y a la que quiso dotar de un contenido netamente cultural, dedicándola preferentemente al estudio de ciencias, bellas artes y letras.

Lo que no fue obstáculo para que en ella se incluyeran también algunos artículos de opinión como el que se reproduce a continuación dentro de la sección "Pasatiempos Mentales" con el título "Sobre la guerra sudafricana". (1)

Su lectura, si alguna duda quedaba tras los artículos anteriores, demuestra claramente lo lejano que se hallaba el pensamiento de Sabino de Arana de los planteamientos racistas que se le han atribuido frecuentemente.

Por haber defendido los derechos de una etnia o nación diferenciada, minoritaria dentro del Estado, frente a un proceso de discriminación y aculturación, que ponía no sólo su dignidad, sino también su supervivencia, en peligro. Proceso liderado por un nacionalismo, el español, identificado con el propio Estado, excluyente y aniquilador de cualquier minoría nacional del reino.

Martin Luther King, años más tarde y en Norteamérica, también defendió los derechos políticos y la dignidad de una minoría étnica, frente a un nacionalismo, también identificado con el propio Estado, que tan solo admitía a los anglosajones protestantes. Y, lógicamente, a nadie se le ocurrió acusarle de racismo.

En su artículo "Sobre la guerra sudafricana" Sabino de Arana no pudo ser más expresivo en su defensa del derecho de todas las naciones a su libre autodeterminación y en su deslegitimación de la teoría imperante en la Europa de la época, ésta sí claramente racista, por la que las potencias europeas tenían derecho, por su superioridad étnica, a imponer su voluntad sobre los "salvajes" del resto de los continentes:

"El asesinato y el robo, así como suenan, son las dos columnas, sobre las que levantan las naciones su poderío: en el asesinato fundan su dominación; en el robo, sus colonias.

¿Qué mucho que los ingleses procedan con los boers como éstos han procedido con los naturales del país? ¿Sólo por el color de su cara los habían de respetar?".

"PASATIEMPOS MENTALES

Diré muchas verdades de Pero Grullo: séanme toleradas en gracia a que las verdades de este autor son, entre todas las que caen bajo la razón humana, las más claras, y, por lo mismo, las más ciertas.

I

SOBRE LA GUERRA SUDAFRICANA

El pueblo, cuando se mueve en masa impulsado por su propio instinto, aseméjase a la mujer: en su cabeza hay más imaginación que inteligencia; en su corazón, más sensibilidad que sentimiento.

Llora la mujer al ver al reo de muerte subir al patíbulo; lloró también ayer al enterarse del fin que tuvo la víctima de ese mismo criminal. Son lágrimas que no brotan del corazón; es llanto que no tiene su raíz más adentro de los ojos.

Así también, el impresionable vulgo, con su imaginación, proclama hoy como verdad o como virtud lo que mañana tendrá por falso o por vicioso; con su sensibilidad, ama ahora lo que al punto ha de aborrecer, y se entusiasma al presente por lo que luego le ha de irritar.

Ante el repugnante espectáculo que ofrece la desigual lucha que estamos presenciando de un pigmeo con un gigante, se ha exaltado la febril imaginación del pueblo europeo y conmovido su susceptible sensibilidad. Y su fantasía no se ha contentado con estimar justa la causa bóer, sino que ha llegado en muchos a la demencia de suponerla indefectiblemente victoriosa en plazo más o menos corto; y su emoción y ardimiento ha sido de tal intensidad, que a no pocos les ha hecho empuñar las armas y exponer su vida por el Transvaal.

Entre el fuerte y el débil, no ha concebido pueda estar la justicia sino de parte del débil. Y así, por huir instintivamente del execrable principio de que la fuerza es derecho, ha caído con la misma irreflexión en el que le antecede en el orden lógico y le origina: el de no ser independiente de la fuerza la justicia.

Porque si al fuerte, sólo por ser fuerte, le niegan esas gentes el derecho, ¿por qué al débil, sólo por serlo, se lo conceden?

* * *

La sensibilidad hizo llorar a las mujeres de Jerusalem al ver a Jesús encaminarse al lugar del suplicio con la cruz en hombros; el sentimiento hizo a un hombre, Simón, por sobrenombre Pedro, llorar entonces mismo y después toda la vida, su pecado.

Los pueblos europeos se declaran en pro del bóer, porque es el débil en la liza; el hombre honrado lamenta sea la fuerza la que lo resuelve todo en materia internacional, y condena la conquista... la pasada conquista del país africano por el bóer, la actual conquista del Transvaal por el inglés.

* * *

Sabida es de sobra la inhumana crueldad con que los blancos han tratado siempre y dondequiera a las razas de color.

He aquí la que emplearon para apoderarse del Transvaal, según Zimmerman (El origen del hombre).

"Los campesinos holandeses de las cercanías del Cabo de Buena Esperanza consideran a los cafres y demás vecinos negros más bien como animales que como hombres: matar a uno de ellos no les causa el menor remordimiento de conciencia, pareciéndoles que son animales dañinos que conviene destruir. Los boers organizan batidas contra los negros, cosa que los divierte mucho; pues se imaginan que se trata de una caza al lobo."

Es la historia sempiterna de la humanidad. Así se condujeron los griegos en el Asia, los romanos en tres partes de la tierra, los secuaces de Mahoma en todas ellas, los españoles en el Nuevo Mundo, los anglo-sajones en Norte América, y así proceden hoy todas las potencias en la China.

El asesinato y el robo, así como suenan, son las dos columnas, sobre las que levantan las naciones su poderío: en el asesinato fundan su dominación; en el robo, sus colonias.

¿Qué mucho que los ingleses procedan con los boers como éstos han procedido con los naturales del país? ¿Sólo por el color de su cara los habían de respetar?

* * *

Es verdaderamente ridículo que Krüger llame en su auxilio a la Providencia. ¿No estarán, más bien, realizándose ya los designios de ésta?

Muy fácil es decir ¡Dios lo quiere!; pero no tan fácil probarlo.

No parece sino que a Dios haya de interesarle el que el Transvaal sea poseído por negros, por morenos o por rubios. Lo que manda a todos los hombres y pueblos es que se amen y respeten los unos a los otros. ¿Han, siquiera, respetado los boers a los negros, como ellos quieren ser respetados por los ingleses?

Pues bien: los delitos de los pueblos hallan su sanción, a la corta o a la larga, aquí mismo, sobre la tierra, donde la vida de la sociedad humana tiene su complemento y es justo se paguen en la misma moneda.

* * *

Será inútil que los boers elevaran su plegaria al Dios de los Ejércitos. Estos Ejércitos de Dios no esgrimen otras armas que la virtud: su Caudillo, con ser infinitamente poderoso, murió en una cruz: es que era infinitamente santo. Y venció a sus enemigos y salvó a su pueblo muriendo.

Hubieran los boers esgrimido, en sus relaciones con los negros, no otra arma que ésta de la Cruz, y entonces era llegado el caso de esperar hoy en la Providencia.

Lo que pide Krüger es lo mismo que puede pedir Chamberlain; y si la época de los varios dioses ya pasó a la historia, ¿cómo tendremos providencias encontradas?

* * *

Aun demos por sentado que el bóer es el dueño legítimo del país que ocupa.

Entre pueblos, sólo el derecho a la vida moral está sobre el de la vida física, aunque otros varios señalen los autores.

Pero al declarar el Transvaal la guerra a Inglaterra cuando los ejércitos de ésta amenazaban invadirlo, no lo hizo porque temiera que el pueblo inglés pervirtiese sus creencias o corrompiese sus costumbres: sólo le movió a ello el propósito de mantener la integridad de su territorio y de conservarse dueño del mismo y de sus minas.

Ahora bien: ese derecho del pueblo bóer a poseer sus tierras y a gobernar en ellas ¿es, acaso, superior, al que tenía el inglés a conservar su vida?

* * *

La desgracia del pueblo bóer es tan grande como la que él mismo causó al negro indígena. Si hoy los boers, bajo el inglés, ven dispersas y diezmadas sus familias, asolados sus hogares y usurpadas sus haciendas, recuerden que a los naturales, bajo ellos, igual suerte les cupo; y si para los negros, ni en el África ni en la ordenatriz Europa se alzó una mano que los protegiera, los boers, combatidos hoy como aquéllos entonces, tampoco hallan amparo.

Krüger ha reconocido, como no podía menos, de cuán poco le sirven al Transvaal las manifestaciones de simpatía que en algunas ciudades europeas se le acaban de hacer con motivo de su visita. Y para apreciarlas convenientemente, aún sería preciso analizarlas despacio, separando de los transvalistas auténticos al público curioso, que en todos estos actos suele componer, por lo menos, las nueve décimas partes de la concurrencia.

Mas pase que la que ha llevado a cabo esas protestas de afecto a la causa bóer, lo haya hecho por puro transvalismo, o, más exactamente, por furia anglófoba: por odio al inglés, no por amor al Transvaal. Pase: pero no eran, en verdad, esas aclamaciones y esos vítores lo, que buscaba el infeliz anciano: sus miradas suplicantes, sólo se dirigían a los gobiernos de las potencias. Mas inútilmente: todos le han vuelto la espalda. Alguna frase poética... he ahí cuanto ha recabado su diplomacia.

No quisieron los boers bajar forzosamente la cabeza ante las injustas exigencias de Inglaterra: hoy han tenido que bajarla voluntariamente ante las demás potencias europeas: y la humillación ha sido mayor, pues todas han despreciado su demanda de compasión y piedad. ¡Triste sino! Escrito estaba, diría un musulmán.

* * *

La decepción había de ser tan grande como la candidez bóer. Decididamente, los boers, que tan bellas prendas reúnen para ser buenos padres de familia, y que tan intrépidos y diestros son para la caza del rinoceronte y del negro y tan resueltos para hacer armas contra el extranjero, no sirven para políticos. ¿Qué potencia, por pura filantropía, había de ponerse frente a la que no tiene superior?

No es fácil comprender, cómo allá, en el Africa Austral, los hijos de Europa se hayan formado, sólo por la influencia del clima, tan equivocada idea de las naciones mismas de donde proceden, que las juzguen filántropas antes que conservadoras de su prestigio y su hacienda.

* * *

En virtud de este error, los boers arreciaron el ataque al tiempo que el jefe de su gobierno arribaba a Europa.

¡Infructuosos planes!

Así, en virtud también de la ilusión que éstos trazaron, el retorno del chasqueado anciano a su tierra será el comienzo del fin de su disputada independencia.

* * *

Llegará un día en que el Sud Africa se emancipe de Inglaterra (¿quién lo duda?), como se emancipó Norte América, como se harán libres la Australia y la India; pero es claro que Krüger no lo ha de ver, e igualmente indudable que esa libertad será alcanzada por los hijos del mismo dominador.

Entretanto y entonces y siempre, en la práctica de la vida internacional, el único fundamento del derecho será la fuerza. Quien la adquiera podrá hacerse independiente, si es esclavo; mantener su libertad si la disfruta; someter a otros pueblos, si, prescindiendo de la conciencia aspira a extender su preponderancia por el mundo.

Quien de ella carezca, nada pretenda, nada espere, si no es humillación y muerte.

Las contiendas internacionales, no hay poder superior que las dirima. El único tribunal que entiende en ellas es la Providencia: ese mismo a que apela el infortunado promotor de una guerra desastrosa para su patria. Mas recurre a él sin razón y, de consiguiente, en vano.

ALBE´TAR ANDER KEPAUL.

Diciembre de 1900."


(1) Arana, S.: Op. cit., pp. 1.970-1.974. (N. del e.) ÙVolver