XViii.- EN DEFENSA DE LA CULTURA VASCA

El artículo siguiente, "Los juegos florales en Bilbao", (1) se publicó en septiembre de 1901 en el número 3 de la revista Euzkadi, tratándose de una crónica de la ocasión en que por primera vez se celebraron unos juegos florales en Bilbao.

En ella Sabino de Arana se enfrenta a las opiniones sostenidas en el referido festejo por el magnífico novelista Miguel de Unamuno, entonces Rector de la Universidad de Salamanca, quien, entre otras cosas, dirigiéndose al pueblo vasco, le dijo:

"(...) eres un pueblo que te vas; (...) estorbas a la vida de la universal sociedad, debes irte, debes morir, transmitiendo la vida al pueblo que te sujeta y te invade."

"(...) esa lengua que hablas, pueblo vasco, ese euzkera desaparece contigo; no importa porque como tú debe desaparecer; apresúrate a darle muerte y enterrarle con honra, y habla en español."

El significado que estas palabras encierran está muy lejos de ser una opinión excéntrica de Miguel de Unamuno. Es la expresión de una mentalidad con la que el nacionalismo español se identificaría en años posteriores.

Por la que toda cultura ajena no se consideraba como una cultura específica que siempre podía contribuir y realizar aportaciones como tal al patrimonio cultural universal, enriqueciéndolo.

Sino un estorbo para poder entenderse con otros individuos en idioma de "cristianos". Un retraso. Un obstáculo para un mundo con una única religión, una única lengua, ¿un único Estado?, ¿una única raza?. Por el que las personas identificadas con una cultura "vencedora" pudieran viajar de un extremo a otro sin encontrar ninguna diferencia que les supusiera el más mínimo esfuerzo de asimilación, de comprensión de realidades diferentes.

Una mentalidad, forjada a lo largo de los siglos en una Europa en la que los contactos entre diferentes culturas se habían convertido, en muchas ocasiones, en luchas para ver cual sometía, destruía, o expulsaba a la otra.

¿Qué decir de la propia península ibérica, del propio Estado español, respecto de la "salvaje" cultura vasca? Miguel de Unamuno, que con ocasión de la aprobación en referéndum del Estatuto de Autonomía durante la II República llegó a llamar a los vascos "menores de edad", no fue capaz de superar semejante ideología, que ha justificado, a lo largo de la Historia, genocidios físicos y culturales, y ha supuesto un enorme empobrecimiento cultural de nuestro mundo.

Lo que no puede menos que sorprender teniendo en cuenta el elevado nivel intelectual del novelista bilbaíno, que tuvo como expresión su reconocida producción literaria. Aunque en el siguiente texto se aportan algunas claves biográficas que pudieran explicar en parte esta postura de Unamuno.

Sabino de Arana sí se adelantó a la mentalidad de su época en este aspecto, no uniéndose a la moda, a lo dominante, a lo supuestamente moderno y avanzado, sino defendiendo la cultura pequeña (por su extensión geográfica y numérica), decadente, en vías de extinción, atrasada y obstaculizadora del mítico progreso, en opinión de algunos.

Defensa que se plasmó en escritos como el que viene a continuación.

"CRONICA

LOS JUEGOS FLORALES EN BILBAO

Los primeros que en Bilbao se han celebrado tuvieron efecto el 26 de Agosto, en el Nuevo Teatro.

La idea de traerlos a esta villa sorprendió a muchos y debió de agradar a muy pocos. No se amoldaban al carácter de Bilbao, práctico y de suyo serio a pesar, de sus tartarinadas y de sus locas expansiones; ni eran para Bizkaya, como lo son para otros países, recuerdo de pasadas épocas o tradición digna de memoria; ni en ninguna parte responden al fin de la cultura intelectual que con ellos se pretexta perseguir. Basta el detalle de la Reina de la fiesta, con su corte de damas, que en la ornamentación de los Juegos Florales constituye la parte principal y el elemento más decorativo, para que tales certámenes no puedan pasar ante la inteligencia pensadora y el genio artista como torneos de las ciencias y las artes: porque ni la galantería suele simpatizar con el íntimo soliloquio de la investigación científica y la concepción en el arte; ni las preocupaciones feminófilas se asocian de ordinario con el trabajo intelectual, sino que le sirven sólo de penoso obstáculo; ni, en fin, la apoteosis de la mujer puede ser en el hombre que se la tribute señal de cultura moral, antes bien reminiscencia de tiempos bárbaros, ni para la mujer misma condición de perfeccionamiento, sino, que, como extremo que se toca con el de ser considerada como simple cosa, le es verdadero retroceso en la misión que la naturaleza le tiene confiada.

Pretender, por otra parte, encarrilar a un pueblo por las vías del cultivo intelectual y de la educación del sentimiento, transportándole y adaptándole a aquellos tiempos de los vagos, insulsos e inútiles trovadores y de la soñada y soñadora andante caballería, ya en su misma época despreciados los primeros y caricaturizada con mano maestra la segunda, es manifiesto contrasentido.

Innegable es que, así como el artista o el hombre de ciencia que no puede alcanzar la originalidad, porque es a muy pocos dado el crear y descubrir, se hace aceptable si copia bien las obras ajenas: así Bilbao, si no acierta, al trazarse un camino que le conduzca por el progreso intelectual y moral, con uno propio y privativo que le caracterice entre todos los pueblos, bien puede obtener relevantes méritos y éxito seguro copiando a otros. Pero esta copia de los Juegos Florales, y más como aquí se han verificado, es, verdaderamente, una mala copia, un calco material y torpísimo de fiestas cuya celebración puede hallar disculpa sólo en los países donde han tenido su cuna. Bilbao, sin embargo, población la más importante de Bizkaya y aun de todo Euzkadi, cuenta con elementos históricos propios y con carácter personal de perfiles peculiares y vigorosamente marcados: historia y carácter que, fielmente interpretados y combinados con acierto, podrían proporcionarle típica norma para su adelantamiento en las ciencias y en las artes, con personalidad bien definida y distinta entre todos los pueblos, la cual se manifestaría en las primeras por un método didáctico propio, por una propia expresión de la belleza en las segundas y en la literatura por un estilo suyo y original.

Pero si hay empeño en llegar a esos resultados con impulso impreso por exótico motor y vaciando la fisonomía de Bilbao en moldes en que, por extraños, no puede encajar, empeño vano: en este choque de fuerzas opuestas, o vence la índole peculiar del bilbaino, y entonces no habrá dado un paso en la empresa acometida, o se sobrepone el espíritu de fiestas al temperamento indígena, en cuyo caso Bilbao habrá empleado tantas energías sólo para colocarse al nivel de adocenadas ciudades de naciones que no se distinguen, a la verdad, por su cultura intelectual y menos aún por la moral.

* * *

Nada nos debe, pues, admirar hayan aquí fracasado los Juegos Florales a su primer ensayo.

La elección de los temas no fue el punto en que se procedió con más corrección. Unos, vagos e inexpresivos, ofrecían número indefinido de materias, de suerte que, entre los trabajos que se presentaron, podía muy bien no caber comparación alguna, siendo, por tanto, imposible decidir el mérito de uno sobre los demás. Otros, sobrado vastos, no podían ser tratados en el reducido plazo que había de mediar entre el anuncio del certamen y su celebración. Y otros, por último, vulgarísimos, asemejábanse a los programas de ciertos profesores que más se ocupan en hacer a sus discípulos aprender uno o varios autores determinados, que en guiarlos en el estudio de la asignatura iniciándolos en el método de investigación y enseñándoles a discurrir, a juzgar a los autores y a producir.

La calificación de los trabajos y adjudicación de los premios no fue más feliz. Parece que en algunos temas, como el principalísimo de Amor, la mejor composición fue preterida, y que en algún otro se concedió el premio a trabajo que correspondía a otro tema. Hubo jurado que salvó su voto ante la evidente injusticia del acuerdo de sus compañeros; y hubo quien, con argumentos incontestables, formuló pública protesta de la resolución adoptada.

Al tiempo que los informes de los distintos Jurados, publicáronse los nombres de los autores favorecidos en sus acuerdos, no debiéndose hacerlos públicos hasta el acto mismo de la distribución de los premios en los Juegos Florales, único momento en el cual y ante el público deben abrirse los sobres correspondientes a los lemas premiados. Cierto es que, así y todo, cabe haya inteligencia entre un autor y el Jurado del tema a que ha concurrido; pero formalidad es ésa que siempre debe cumplirse.

Muchos temas quedaron desiertos. En otros fue adjudicado el premio, no obstante que el Jurado correspondiente declara en su dictamen no satisfacerle ninguno de los trabajos presentados.

De tales circunstancias acompañados los Juegos Florales, que ya por sí son de poco culto y para acá exótico origen, hubieron forzosamente de salir fallidos.

* * *

El fracaso quedó colmado con el nombramiento de Mantenedor hecho en favor de don Miguel Unamuno y Jugo, Doctor en Filosofía y Letras y actualmente Rector de la Universidad de Salamanca: porque, realmente, el señor Unamuno, filósofo-literato conocido por sus excéntricas genialidades y por lo inconstante y variable de su criterio, que le ha llevado a abrazar alternativamente las teorías más contrarias en religión, en moral y en sociología, no era el bilbaino más indicado para mantener cosa alguna. Hombres doctos hay no escasos en Bilbao que habrían desempeñado con lucimiento y a satisfacción de todos los organizadores y amigos de los Juegos Florales el oficio de Mantenedor.

Ni es preciso ser sabio para mantener un torneo floral, ni el cargo de Rector de Universidad lleva consigo el lustre de sabio, siquiera en ocasiones le acompañe el título de Ilustrísimo.

El Ilustrísimo Rector de Salamanca, por cierto, no podía haber desempeñado de modo más lamentable el facilísimo papel de Mantenedor de las justas florales de Bilbao. No supo mantener ni el decoro de la fiesta, ni el buen nombre de la comisión que la organizara, ni el respeto debido al pueblo en cuyo seno se estaba celebrando, ni el mérito de los autores premiados y del orfeón que amenizaba el acto, ni siquiera la belleza y el honor de la dama bilbaina, representaba en la Reina de los Juegos.

Nada quiso mantener: sólo pretendió destruir. De tal manera que, si la palabra del señor Unamuno hubiese sido lanza de bien templado hierro y de poder tanto como grande fue su osadía, no habría quedado títere con cabeza en Bilbao ni en todas las montañas vascas.

Al saludar a este pueblo, fue su primera palabra decirle: eres un pueblo que te vas; cosa que sabe de sobra el indígena y no ignora el extraño. Pero le añadió: estorbas a la vida de la universal sociedad, debes irte, debes morir, transmitiendo la vida que te queda al pueblo que te sujeta y te invade. ¡Bonita manera de mantener los Juegos Florales, en muchos de cuyos temas, ora por el fondo, ora por la forma en que habían de tratarse, se tendía a conservar, como es corriente, algunos de los caracteres de ese mismo pueblo en cuyo hogar se verificaban!

Hablóle de su lengua, de la lengua que para uno de los tres principales temas se había fijado como precisa y para otros varios como admisible, de la lengua en que el Orfeón Bilbaino cantaba música vasca en los mismos Juegos, y díjole de ella: esa lengua que hablas, pueblo vasco, ese euzkera desaparece contigo; no importa porque como tú debe desaparecer; apresúrate a darle muerte y enterrarle con honra, y habla en español.

Y dirigiéndose a la dama bilbaina, representada en la Reina del torneo y en su séquito, la habló de esta manera: vas cargada de joyas, pero eres cursi y no sabes llevarlas: es que te sobra dinero, pero te falta cultura. Monstruosa inexactitud, que es cínica falsedad en boca de quien conoce a la mujer bilbaina.

De modo tan peregrino mantuvo el Ilustrísimo Rector el ilustre nombre de su dama, la brillante nobleza de la Reina de la fiesta, salpicando, por añadidura, su desmoronante discurso con un copioso vocabulario de descriptiva fisiología sexual.

Su oración, digna de Diógenes, molestó a todos los hombres de juicio, azoró y sonrojó a las damas, ofendió a los autores premiados, repugnó a los orfeonistas, dejó corridos a los organizadores de la fiesta, disgustó a cuantos se precian más o menos frívolamente del nombre de vascos, indignó a los patriotas y produjo en el país un general movimiento de reflexión hacia sí mismo que luego reaccionó en otro de expansión y se hizo público condensándose en unánime desaprobación y en voz de unísona protesta.

Pero, realmente, no había motivo para tanto. La aparatosa protesta sólo fue efecto de dos concausas: la de ser ya en Bilbao muy considerable la población que, por la larga ausencia del señor Unamuno, no le conocía, e informada acerca de él por algún periódico que en el mismo caso se encontrara, formóse un concepto exagerado de su capacidad y su saber y muy equivocado de las intenciones de su discurso; y la de querer aprovecharse de aquella oportunidad los nacionalistas, para levantar, promoviendo protestas, el dormido espíritu del patriotismo.

Fuera de esto, no tenía razón de ser aquella tan espesa lluvia de protestas contra sus insultos y aquel tan recio fuego graneado de contestaciones a todo su discurso. Quienquiera que conociera el carácter del señor Unamuno, comprendía perfectamente que su desfogue no merecía la pena de ser contestado ni de provocar protesta alguna. Que es indudable que si tales cosas se hubieran dicho a otro pueblo oprimido que no sea el pacífico vasco, en su misma casa, por uno de sus propios hijos, el orador habría pagado muy caro su intolerable atrevimiento, es cuestión aparte, verdad clara y evidente y muy compatible con la que acabo de decir. Asegúrase que aquí el respeto a las damas contuvo al pueblo en el Teatro; pero a la verdad, el que la misma compostura se observara en la calle aquella noche y los días siguientes, sólo puede explicarse por el respeto a la policía.

Por lo demás, agregando de nuestra parte al discurso del Rector salmantino algo que él se calló, nosotros, los que le conocemos perfectamente de luenga fecha, podemos hacer saber al resentido público que el celebérrimo Mantenedor no siente lo que dijo en el Nuevo Teatro: porque el señor Unamuno, que indudablemente piensa, pocas veces por sí, las más con otros, es, en materia de sentir, lo mismo por sí que con otros, casi absolutamente nulo cero. Lo contrario de lo que entonces dijo pudo muy bien decirlo al día siguiente, seguramente lo ha dicho en alguna ocasión y es probable lo vuelva aún a decir.

Como el cocinero que conoce a los que se sientan a la mesa, escoge y combina las especias y condimenta los manjares según el gusto de los que han de saborearlos, sin importarle un ardite que sean o no de su propio agrado los guisos que él mismo adereza: así el señor Unamuno, con toda frialdad, sin sentir mucho ni poco en pro ni en contra de lo que se propone decir, dice siempre a los que le oyen aquellas cosas que le conviene decirles, ora para mortificarlos, ora para ganarse su voluntad, sin que esto signifique que en el primer caso rechace lo que niegue o censure, ni que admita lo que afirme o apruebe en el segundo, sino que en aquél obedece principalmente al natural deseo de dar que hablar de él a los demás, y en éste especialmente al legítimo de atender a su propio sustento y al de su familia, moviéndose en uno y otro caso en ambas direcciones a la vez.

Había padecido poco sufridamente en Bilbao, su pueblo natal, tres distintos revolcones: (2) presentóse a concurso para la cátedra de euzkera (él, a quien nunca se le ha ocurrido tener aprecio a esta lengua, como tampoco le tiene a la castellana), y no le fue otorgada; hizo oposiciones para la Filosofía del Instituto, y él quedó a la zaga de dos bilbainos, uno de los cuales ganó la plaza; pretendió la de Archivero de la Provincia, y ni en esta ocasión fue tampoco más afortunado.

Partió entonces y vagó allende el Ebro, y sólo al cabo de siete oposiciones en distintas asignaturas, esto es, seis derrotas, alcanzó la cátedra de la de lengua griega en Salamanca.

Encumbrado luego al puesto de Rector, se acordó de su país, el cual ya de él no se acordaba ni tan sólo para mentarle. Alguien, sin embargo, hizo, por fin, aquí memoria suya, y llamado a su tierra el desterrado a actuar de Mantenedor en los primeros Juegos Florales, halló en ello oportunísima ocasión para matar dos pájaros de un tiro: hiriéndole a su propio pueblo en la fibra más sensible, con lo que conseguía hablara ya de él por todo lo que hasta entonces había callado; y, con las mismas afirmaciones y deseos de ruina para el pueblo vasco, lisonjeando a los políticos que privan en Madrid, con lo que el telescopio de sus añejas aspiraciones le acortaba la distancia al Rectorado de la Corte.

No es, pues, que en el Nuevo Teatro dijera lo que siente, ni aún que sintiera lo que dijo: es que le convino decirlo y lo dijo. Porque el señor Unamuno, a sus aficiones de filósofo y literato, une el temperamento de bilbaino: positivista para elegir el fin, práctico para excogitar los medios.

* * *

Y bien: ¿no se compadece de un modo cumplido con el discurso de tal Mantenedor la idea de impulsar a nuestro país al desarrollo de la cultura intelectual con certámenes como los Juegos Florales, extraños aquí por su origen, por su significación, por su alcance y por sus efectos?

Noble es la pública liza intelectual, y, bien estudiada y dirigida, eficacísima para aquel nobilísimo fin; pero en estos certámenes sobra en primer término la flor y después sobran todos sus adherentes, y aun suprimidos que les sean una y otros, ha de quedarles, tal y como aquí se han llevado a cabo, no poco que quitar, modificar y añadir, para que puedan ordenarse, dentro de la ineludible condición de atemperarse al país en que se celebran, al excelente objeto a que están consagrados.

A. ETA G. TA´R S."


(1) Arana, S.: Op. cit., pp. 1.987-1.992. (N. del e.) ÙVolver

(2) Dígolo sin ánimo de ofender al Sr. Unamuno, a quien debo respeto y estimación como a todo prójimo, deseándole torne a los buenos caminos de la justicia universal y de los patrios lares (J. e. L.) en los que haría tanto bien como daño pretenda hacer desde los opuestos. Estos apuntes biográficos del señor Unamuno los anoto aquí con el único fin de explicar el por qué y el para qué de su discurso: es la filosofía de su historia, ceñida al punto y hora en que lo pronunció. Al proceder así, tengo en cuenta dos cosas: la primera es que esas páginas de su vida externa son del dominio público en su tierra; y la segunda, que no constituye deshonra, en mi concepto, las derrotas en la esfera intelectual, porque no es uno dueño de tener más inteligencia de la que tiene, ni, esto aparte, está en todos los casos obligado a saber más de lo que sabe, ni siempre ha de encontrarse en ganas de demostrar lo que de hecho alcanza y lo que es capaz de alcanzar. Que no es, a mi juicio, en las obras de la inteligencia donde el hombre puede justamente ganar méritos o padecer mengua, sino en los actos de la libre voluntad. ÙVolver