III.- EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA NACIONAL VASCA

El artículo "¿Somos españoles?" (1) vio la luz el 17 de diciembre de 1893 en el número 4 de Bizkaitarra. Este fue el primer periódico nacionalista vasco, que comenzó su publicación el 8 de junio del mismo año, cinco días después del referido Discurso de Larrazabal.

En sus páginas, hasta su suspensión por orden gubernativa el 5 de septiembre de 1895, Arana, su propietario, director y principal redactor, vuelca a la sociedad bilbaína y bizkaína toda su ideología política, madurada por él desde sus tiempos de estudiante en Barcelona y durante los cinco años de retiro y reflexión que pasó en su casa de Abando tras el fallecimiento de su madre.

Es preciso recordar aquí el sombrío panorama apuntado anteriormente que se cernía sobre el pueblo vasco a finales del siglo XIX.

Cuando, tras la derrota de la última Guerra Carlista, se le había abolido, bajo la vigilancia de un ejército de ocupación, su constitución política tradicional, los ordenamientos forales, y se le había negado su condición de nación y, en consecuencia, sus derechos nacionales.

Cuando su sociedad, tradicional y poco acostumbrada a los cambios, experimentó una transformación brutal a consecuencia de un proceso de industrialización vertiginoso. Que significó, además, una inmigración tan espectacular que, por ejemplo, en 1890 más de la mitad de la población residente en Bilbao había nacido fuera de Bizkaia.

Cuando, a consecuencia de todo lo anterior, la supervivencia de la nación vasca se revelaba como muy difícil, si no ya imposible.

Sabino de Arana entendió que la dialéctica fuerista o carlista frente al nuevo estado moderno era estéril. Y que la extensión de su ideología, nacionalista vasca, no podía limitarse a amables disquisiciones y tertulias entre un selecto grupo de eruditos.

"Bizkaitarra fué tal como fué, porque así hacía falta entonces; pero se ha de ver, andando el tiempo, que no era el león tan fiero como le pintaban: nació a un pueblo que había perdido su Patria y olvidándola, á una sociedad relajada y rebajada, sin dignidad, sin nobleza de miras, sin generosidad, sin altivez, y donde era lo cuerdo seguir la corriente inmunda, y por esto se asombrarán todos al leerlo. Pero lo que tuvo de duro en la elección de materias y en la forma de tratarlas, fué necesario entonces. Hoy, y sobre todo en Bizkaya, ya no haría falta hablar contra España (aunque siempre es conveniente ridiculizarla con disimulo) (...)" (2)

En el artículo "¿Somos españoles?", Arana aborda una cuestión clave y esencial. La referente a la conciencia e identidad nacional, distinguiendo un "nosotros", bizkaínos, (3) respecto a un ellos, "españoles". Y lo hace de una forma dialogada, didáctica, procurando que su idea llegue a ser comprendida y asumida por cualquier posible lector.

El personaje al que el nacionalista expone su ideología es un extranjero, un turista francés, y el lugar donde tiene lugar la conversación es en un tren.

Curiosamente el mismo escenario donde Luis de Arana, en el viaje que realizó al Colegio de Jesuitas de La Guardia (Galicia), mantuvo una conversación con un santanderino que le llevaría a asumir su conciencia nacionalista vasca, que el Domingo de Resurrección de 1882 transmitiría a su hermano Sabino.

Luis de Arana fue interpelado por su compañero de viaje por llevar una insignia "fuerista". Tras contestarle que se consideraba "fuerista" por ser bizkaíno y responderle afirmativamente a la pregunta de si era español, el viajero le hizo el siguiente razonamiento, que le hizo reflexionar y dejar de considerarse "fuerista":

"– Pues mira, eso es lo que no entiendo bien. Si los vizcainos sois españoles y vuestra Patria es España, no sé como queréis gozar de unos fueros que los demás españoles no tienen y eludir obligaciones que a todos los españoles deben comprender por igual ante la Patria común. Gozando de los fueros no servís en el ejército español, ni contribuís con dinero al Tesoro de la Patria. No sois buenos españoles..." (4)

"¿SOMOS ESPAÑOLES?

Viniendo hace unos días en el tren de Zumarraga, tuve ocasión de oír un interesantísimo diálogo que se entabló entre un francés al parecer touriste y un bizkaino de tipo industrial, que en Eibar habían entrado juntos y sentádose junto al asiento que yo ocupaba. Por la conversación averigüé que el francés se llamaba M. Hauteville, y el bizkaino Aresti. Como su diálogo era de tema muy curioso y de actualidad, voy a traducirlo y trasladarlo a esta hoja en la mejor forma que me sea posible.

Hauteville.– Me choca que tan mala suerte desee usted a las armas españolas en Melilla. Pues ¿no es usted español?

Aresti.– No señor: soy bizkaino.

Haut.– Bueno; pero ¿no es español el bizkaino?

Ar.– No.

Haut.– Pues entonces ¿que es el bizkaino?

Ar.– Bizkaino.

Haut.– No lo entiendo.

Ar.– Pronto lo comprenderá usted. Los bizkainos no somos españoles ni por la raza, ni por el idioma, ni por las leyes, ni por la historia.

Haut.– ¡Oh! Si eso me demuestra, comprendo perfectamente me diga usted que no es español.

Ar.– Se lo haré ver en pocas palabras.

No somos españoles por la raza.

A nuestra raza no se le ha encontrado todavía ni madre ni hermanas entre todas las razas del mundo, ni aún se sabe si vino por el Norte, el Sur, el Oriente o el Occidente a este rincón de la tierra. Quién le halla afinidad con los pieles rojas (Oeste); quién, con los georgianos (Oriente); éste, con los fineses (Norte); aquél, con los bereberes (Mediodía); pero nadie ha obtenido notas de afinidad suficientes para atreverse a asentar la fraternidad de nuestra raza con alguna de la comparadas con ella. Todas las demás razas se han clasificado en grupos primitivos, ramas originadas y ulteriores derivaciones; la nuestra permanece siendo una selva virgen, para la investigación científica, una verdadera isla en medio de la humanidad.

La raza española es, en cambio, un producto latino-gótico-arábigo con tenues toques de fenicio, griego y cartaginés, que no conserva ni rastro de la raza primitiva de la península, que fue la nuestra.

Y si basta el que nuestra raza haya sido la que habitara primeramente la península, para llamarnos españoles, la misma razón existe para que nos llamen franceses, ingleses, italianos o moros (lo cual a nadie se le ocurre) pues nuestra raza ocupó probablemente en los tiempos proto-históricos todo el Mediodía y el Occidente de Europa y el Norte de Africa.

Ya ve usted cómo existe tanto parentesco entre la raza española y cualquiera otra, que entre aquélla y la nuestra. Mientras, pues, los rusos y los noruegos, por ejemplo, no sean españoles por la raza, mucho menos lo podremos ser nosotros.

Haut.– Cierto es. Pero ese nosotros sólo puede referirse a los que tengan euskéricos los apellidos; porque éstos son los que acusan el origen del individuo. ¿No es verdad?

Ar.– Así es en efecto: son el sello de raza. Porque el nacer en éste o en el otro punto nada significa, como es claro, respecto a la raza. Un hijo de bizkainos nacido en Madagascar o el Dahomey será tan bizkaino de raza como el que hubiese nacido en Olakueta; al paso que un descendiente de españoles nacido en bizkaya nunca será bizkaino de raza.

Haut.– Perfectamente. Adelante.

Ar.– He dicho que tampoco somos españoles por la lengua.

Cuanto ha oído usted respecto de la raza, puedo repetirle al hablarle de la lengua. El Euskera continúa aún excluido de la clasificación general de las lenguas. En muchas lenguas antiguas y en casi todas las europeas primitivas se encuentran ya raíces, ya construcciones, que revelan alguna afinidad con el Euskera, pero que no son de importancia bastante, ni por su calidad ni por su número, para afirmar relación de fraternidad o filiación entre unas y otras. Por esta razón, nada tampoco se ha dicho de la raza euskeriana, pues que el estudio lingüístico es el mejor medio de investigación etnológica, ya que los caracteres físicos varían según los climas y la estructura y configuración de los terrenos.

Los varios idiomas españoles, a saber, el catalán, el castellano, el gallego, el portugués, etc., son, por el contrario, neo-latinos, es decir, que se derivan de una lengua clasificada y muy posterior al Euskera.

Haut.– Sí. Este es un punto ya muy conocido. Todo el mundo sabe que hay más diferencia entre el Euskera y un idioma español, que la que pueda existir entre éste y otro cualquiera. Prosiga usted si le place.

Ar.– He agregado que tampoco somos españoles por las leyes, esto es, desde el punto de vista político. En efecto: nuestro breve Código político, civil y económico es un resultado de nuestras costumbres; mejor aún: las leyes que lo constituyen son nuestros antiguos usos y costumbres trasladados al escrito.

Haut.– Siendo así, como el Código español no estará seguramente inspirado en las costumbres bizkainas, síguese que nada tiene que ver con el de ustedes. Pero yo he oído hablar de los Fueros de Bizkaya, y tendría mucho gusto en saber qué es eso de Fueros.

Ar.– Se da el nombre de Fuero o Fueros de Bizkaya precisamente al Código bizkaino. Pero ese nombre no se le aplica con propiedad, porque Fuero, si mal no recuerdo, significa, según el Diccionario de la Academia Española, "cada uno de los privilegios y exenciones que se conceden a una provincia, ciudad o persona", y nada de esto son las leyes consuetudinarias o de costumbres de Bizkaya. Únicamente pueden llamarse Fueros las leyes por que se regían las villas. Estas, en efecto, antes de serlo, eran unos caseríos o grupos de viviendas, que, como enclavados en jurisdicción de las repúblicas o pueblos originarios que constituían el Señorío, tenían las mismas leyes generales de Bizkaya hasta que, deseando un gobierno independiente, les concedía el Señor Con autorización previa del Señorío un código especial, que es lo que propiamente puede llamarse Fuero, pues era privilegio y exención que se concedía (por el Poder Bizkaino) a caseríos determinados.

También habrá usted oído hablar de privilegios concedidos a Bizkaya, y sin embargo no los ha habido en esta República Señorial más que de dos clases: unos, internos y propios del gobierno interior, como los que el Señor otorgaba a las villas, siempre con anuencia del Señorío; los otros, exteriores, dados graciosamente por el Rey de España, cuando era a la vez Señor de Bizkaya, a los bizkainos que residiesen en los dominios españoles, como el título de nobleza que en los reinos de España les era común a todos los ciudadanos bizkainos. Ya ve usted que los privilegios de la primera clase no fueron concedidos por ningún poder extraño a Bizkaya, y bien comprenderá que los segundos nos importan muy poco a los bizkainos, que no queremos otros títulos que los que en sí encierra la independencia.

Haut.– Y tienen ustedes razón: no hay condición más excelente que la libertad.

Pero creo que no me ha demostrado usted todo lo que se ha propuesto, porque falta el punto de vista histórico.

Ar.– Es verdad, y voy a tratarlo con toda la concisión que pueda. Del furioso ímpetu de la dominación romana se salvó este pequeño pedazo de Europa, bien porque César Augusto comprendiera que guerras como la cantábrica le costaban mucho más de lo que le valiera el fruto que de ellas sacase, o bien porque la posesión de estas sombrías montañas pobladas de selvas impenetrables y de estas incultas tierras le halagara muy poco a un pueblo que ya empezaba a trocar sus aficiones guerreras por la avidez de riquezas y placeres.

El resto de la península, por el contrario, conquistado por los guerreros de las siete colinas del Tíber y convertido en provincia romana, se iba ya romanizando por completo; pues el cruzamiento de las razas indígena e invasora fue tan desventajoso para la primera, que sus peculiares caracteres se extinguieron en absoluto y a su lengua natural llegó a sustituirla radicalmente la latina.

Tampoco a los primeros bárbaros del Norte, que invadieron la península en el siglo V, les agradó nuestro abrupto suelo; pues atravesando la línea pirenaica se corrieron hacia España, donde se internaron y establecieron en distintas regiones.

Algo más tarde, cuando, en decadencia el pueblo romano, fueron invadidas sus provincias por el godo, ya sabe usted, Mr. Hauteville, que a España le cupo en suerte la dominación visigoda; mientras que Euskeria, que, como usted ve, no era provincia romana, tampoco fue presa del acero germánico. Es cierto que, fundidos el pueblo hispano y el visigodo, y constituyendo una sola monarquía, varias veces intentaron sus reyes la conquista de nuestra vieja nación; pero sólo llegaron a dominar más allá de la sierra de Aralar y la peña de Gorbea, en las llanuras de Alaba y Nabarra, quedando intacta y libres Gipuzkoa y Bizkaya. También la España visigoda se encumbró a muy alto grado de poderío y riquezas, y sucediendo a la rudeza del guerrero la afeminación del cortesano, era llegada la hora de su ruina.

Así fue, en efecto: penetraron en el siglo VIII, bien lo sabe usted, los musulmanes en la península, derrocaron el trono visigodo, avasallaron el territorio español y la media luna se implantó en España para ocho siglos de dominación. Mas a esta Bizkaya, ni los belicosos hijos de Mahoma pudieron rendirla y sujetarla.

Pero me parece que usted es a quien voy a rendir con mi relato. Los siglos son largos y, por más que procuro ser breve, temo no ser lo suficiente para no hastiarle a usted.

Haut.– En manera alguna. Le estoy oyendo a usted con el mayor placer, pues la excepcional historia de Bizkaya me va interesando en sumo grado. Continúe usted sin temor de cansarme.

Ar.– Entonces adelante.

Despedazada España por los hijos de Agar, en sus distintas regiones brotaron otros tantos reinos y señoríos feudales, que emprendieron independientemente los unos de los otros la obra de la reconquista. La total expulsión del invasor coincidió, poco más o menos, con la fusión en uno solo de todos los tronos que en aquellas circunstancias anormales, habían surgido, y se mantuvieron independientes hasta que, cesando aquéllos ocho siglos después, había naturalmente de volver España entera a su antigua unidad política. Pero Bizkaya, que los ocho siglos había permanecido libre, así del alfanje morisco como de la espada española, se mantuvo también independiente cuando, en tiempo de los Reyes Católicos, se realizaron en la vecina nación latina aquella restauración. Sabemos que uno y otro acero pretendieron más de una vez domeñarla; pero también sabemos que supo rechazar siempre sus bruscas acometidas y conservar incólume la originaria libertad. Mas conociendo Bizkaya la verdad del principio "la unión hace la fuerza", se constituyeron, hacia el siglo IX, en un solo estado sus distintas repúblicas, bajo la jefatura militar de un solo caudillo, que se llamó Señor, y fue desde entonces República Señorial. He aquí el acto de nuestros antepasados que fue la causa primera, aunque inconsciente, de nuestra ruina. Porque, relacionados y emparentados nuestros Señores con la nobleza española, llegó un tiempo (siglo XIV) en que el Señor de Bizkaya (Juan III) heredó el trono de Castilla; y con esto, comunicándose de continuo los bizkainos con los españoles, habría de ir inoculándose paulatinamente en el espíritu bizkaino el mortífero virus del españolismo, como el astro más grande se atrae al más pequeño que llegue a sus alcances. Desde aquella maldita fecha, el Señor de bizkaya ha sido siempre al mismo tiempo Rey de España; cargo y título que le correspondían independientemente, y cuya unión casual en su persona no interesaba a la libertad política y gubernativa de Bizkaya, pero era ocasión de que los monarcas españoles incurriesen en la ambición de sojuzgarla. Repetidas veces, en efecto, ejerciendo de Señores, trataron de mermar su independencia, pero casi siempre quedaron frustrados sus intentos, aunque hubo caso en que el contrafuero llegó a realizarse a despecho de los bizkainos sanos que quedaran. Mas, cuando España descarándose y mostrando abiertamente la saña de su corazón hacia Bizkaya, hase aprovechado de la debilidad y el arraigado españolismo de los bizkainos más influyentes, para ir destruyendo gradualmente nuestra nacionalidad hasta dejarnos sin el menor vestigio de independencia, ha sido en este siglo XIX; el cual, o ha de ver a los bizkainos sucumbir para siempre al peso de la dominación española, o ha de ser, por el contrario, testigo de nuestra regeneración, y vado y transición del pasado a un glorioso porvenir.

Ahora usted dirá si no tenemos historia nacional ni motivos para odiar al español.

Haut.– Nunca hubiese creído que en un territorio tan pequeño como éste, se encerrase una nación tan grande como Bizkaya. Pero también observo que tan alta y noble como aparece en la historia, es bajo y humillante el abismo de esclavitud en que ha caído.

Quedo ahora plenamente convencido de que no es usted español, sino bizkaino. Los polacos nunca se dirán rusos o alemanes, sino polacos; los irlandeses jamás consentirán que se les llame ingleses, sino irlandeses: los bizkainos, pues con mayor razón deben llamarse bizkainos, y no españoles.

Comprendo, por último, que odie usted a España, ya que es la nación que ha avasallado a su Patria. ¡Cosa rara, en verdad, que esta preciosa conquista haya alcanzado España en el siglo en que más abatida y postrada se encuentra!

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A este punto llegaba el diálogo del francés y el bizkaino, cuando, deteniéndose el tren en la estación de Atxuri, me dispuse a bajar para entrar en esta maketizada Bilbao."

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(1) Arana, S.: op. cit., p. 181-186. (N. del e.) ÙVolver

(2) Carta a Engracio de Aranzadi (13-XI-1897), en Arana, S.: Obras Completas, 2ª edición, p. 2.396-23. (N. del e.) ÙVolver

(3) En los inicios de su actividad política Sabino de Arana se refirió únicamente a Bizkaia y a los bizkainos. (N. del e.) ÙVolver

(4) Eguileor, Manu "Marcos de Urrutia", Arana-Goiri´tar Sabin en la Historia de Euzkadi, pp. 31-34. (N. del e.) ÙVolver

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