IV.- SOBRE LA PRETENDIDA SUPERIORIDAD EUROPEA

En el mismo número de Bizkaitarra en el que se publicó el artículo "¿Somos españoles?" apareció el escrito, también de Sabino de Arana, titulado "Los Seudo-Civilizadores". (1)

La lectura de este texto puede ser ilustrativa para deshacer la imagen del racismo de Arana, simplificadora, interesada e introducida por la vía del insulto. Al menos si por racismo se entiende la teoría de que unas razas, concretamente las de tipo caucásico, o "blancas", pudieran ser superiores al resto de las razas humanas.

Arana no pudo ser más explícito en su repudio a esta teoría y la carga ideológica que conllevaba, en un siglo y un continente en que era de aceptación común la supremacía, de la "raza blanca", que le daba "derecho" a dominar y cometer las mayores atrocidades con las "razas inferiores".

Si éstas no sufrían un genocidio físico y eran exterminadas, por estorbar excesivamente los intereses de la "raza superior" en las riquezas naturales de los territorios que habitaban, debían someterse a un genocidio cultural por el que les era impuesta la cultura de la potencia colonizadora correspondiente. Es decir, eran "civilizadas".

Sabino de Arana, en el siguiente artículo, describió y denunció este triste y lamentable proceso como pocos autores europeos de su tiempo.

"LOS SEUDO-CIVILIZADORES

A tan alto grado de intensidad llega la caridad de las naciones europeas, que ya no se contentan con ejercitarla en sí mismas, sino que las lleva al sacrificio por civilizar a los hombres de color. De ahí la conquista de las Américas por los españoles y las demás conquistas llevadas a cabo por la raza blanca.

Que hay un país cuya posesión promete, o por sus riquezas agrícolas o minerales, o por sus ventajas marítimas o estratégicas... Pues allá se mandan un par de cañoneros que planten e icen el pabellón nacional. Si el indígena protesta, se le acribilla el cuero; lo cual, como no dispone de cañones rayados ni fusiles de repetición, es fácil hacerlo.

Y se dan los invasores tal traza de buenos profesores en instruirle al natural del país en los elementos de cultura, que para cuando pueda enterarse de la manera de explotar las minas, de cultivar los campos, de construir puertos o de establecer industrias, mira en su rededor y ve extinguida su familia y usurpado su hogar, se mira a sí mismo y observa que la dignidad humana es patrimonio de la raza blanca y vese rebajado a la condición del bruto.

Si se opone a recibir ese influjo de la cacareada civilización, le expatriarán a cañonazos; si lo consiente, le pisarán como a asqueroso sapo.

Algo nos podrían decir, por ejemplo, aquellos infelices pieles rojas que vagan allá por las incultas praderas de la América del Norte, desterrados de su patria y reducida su numerosa raza a unas cuantas tribus, que viven miserablemente y son cazadas de continuo por los blancos.

Luego, tras tantas invasiones, que en los tiempos presentes, gracias a los fáciles medios de comunicación, se verifican en mayor escala y más variamente que en los antiguos, suelen ocurrir aberraciones como la de Cuba, a cuyos actuales moradores les ha dado por alzar la bandera. separatista, como si no habitaran territorio extraño y no fuesen hijos de españoles y africanos.

¡Cuánta paz habría en el mundo, si cada pueblo adoptara un non plus ultra irrevocable, no material o debido a un error geográfico, como el ibérico, sino moral y de derecho de gentes.

Pero concretémonos al caso actual. ¿Qué clase de cultura podrán llevar los españoles al Riff?

¿Les podrán instruir a los bereberes en el arte militar, para que sepan defenderse contra quien los atacare? Tal vez, pero lo cierto es que hasta ahora son los riffeños quienes pueden dar lecciones a los españoles: pues visto está que tiran mejor que sus civilizadores y que mientras ellos no tardaron más que unos días en levantar en armas 30.000 hombres (según los periódicos españoles), España empleó dos meses para enviar a Melilla 20.000.

¿Les enseñarán acaso a cultivar los campos? Para convencerse de lo contrario, no hay más que recorrer las inmensas llanuras de España, condenada a perpetuo barbecho, y recordar el principio de que nadie puede dar lo que no posee.

¿Podrán darles ejemplos de piedad o al menos de respeto a la religión? Seguramente: enseñándoles, verbigracia, a blasfemar.

Pero ¿les podrán enseñar algo siquiera de educación natural: por ejemplo, cómo al enviado extranjero se le ha de recibir con risotadas y mofas, y si a mano viene, se le ha de dar una pedrada en las narices? ¡Oh, esa cultura sí! En eso están fuertes los españoles."


(1) Arana, S.: op. cit., p. 181-186. (N. del e.) ÙVolver