V.- LA INDEPENDENCIA

El artículo "Fuerismo es Separatismo" (1) se publicó el 22 de abril de 1894 en el periódico Bizkaitarra. En él Sabino de Arana definió como objetivo del nacionalismo bizkaíno el conseguir la independencia de Bizkaia respecto de España. Y a la vez pretendió demostrar que este objetivo debería ser también adoptado por el fuerismo. Para lo cual inició una exposición sobre la historia de Bizkaia destinada a probar que mientras en Bizkaia estuvo vigente el ordenamiento foral, este territorio fue completamente libre.

Lo que constituye una de las claves del primer nacionalismo vasco, que identificaba Fueros con Independencia. En base a lo cual, el pedir el restablecimiento del sistema foral equivalía a pedir la independencia. Lo que venía a significar que el objetivo fundamental de carlistas y foralistas era en definitiva el mismo que el del nacionalismo vasco.

Esta argumentación, base del artículo "Fuerismo es Separatismo", sería utilizada en sentido inverso tras la muerte de Sabino de Arana y como factor aglutinante de nacionalistas vascos "moderados" y "radicales", aduciendo los primeros que era suficiente con pedir la reintegración foral, ya que esto no significaría otra cosa que obtener la independencia.

Destaca, además, la primera nota, en la que Arana especifica que si bien pide la independencia de Bizkaia esto no significa el prescindir del resto de los territorios vascos, con los que propone la formación de una Confederación.

"FUERISMO ES SEPARATISMO

I

El nacionalismo bizkaino tiende a la constitución de Bizkaya en nación absolutamente libre e independiente de las demás.

Como esa política, a juicio de los nacionalistas, corresponde de derecho a Bizkaya, es decir, como ésta, según la historia, no es, teórica y jurídicamente considerada, una parte o región de la nación española, sino una verdadera nación, sometida actualmente y a pesar suyo por España, resulta que ese nacionalismo no dicta que haya de separarse o desmembrarse una parte de su todo, sino que expresa el restablecimiento natural y justo de un todo fundido y anexionado anormal e injustamente a otro perfectamente distinto por su naturaleza.

En consecuencia, el nacionalismo no puede llamarse propiamente separatismo, sino impropiamente y sólo en cuanto que de hecho está Bizkaya unida a España. Pero también es indudable que los españoles, o por el nulo conocimiento que de la historia y leyes de Bizkaya tienen, o por la maliciosa táctica de hacer ver a las potencias europeas (por lo que pudiera sobrevenir) que esa política bizkaina quebranta la integridad de la nación española, han de negarle su verdadero nombre de nacionalismo y de aplicarle el impropio de separatismo, basados en el supuesto de que Bizkaya es de derecho parte integrante de España.

De todas las maneras y puesto que el nombre no hace a la cosa, esa política bizkaina, objetivamente tan antigua como Bizkaya, aunque subjetivamente, o en la mente y el corazón de los bizkainos, tan nueva ante el público, que apenas cuenta un año de existencia, aspira, llámese nacionalismo o separatismo, a que Bizkaya se constituya en nación perfectamente independiente (2) sin otras relaciones con España que las internacionales que, por dictamen natural, deben existir entre todas las naciones, como sociedades humanas habitantes en una misma tierra, y por tratados particulares se establezcan en la esfera comercial.

Dada esta definición de la política separatista, vamos a demostrar que el fuerismo debe comprender en sí esta doctrina, esto es que el fuerista, para serlo en realidad de verdad, ha de ser necesariamente separatista.

Con la palabra fuerismo se significa, como es claro, el sistema político que señala para Bizkaya el restablecimiento de todo lo esencial que en su código e historia forales se contiene como indiscutible derecho.

Poco trabajo nos costará el probar que, mientras Bizkaya ha gozado de la integridad de sus Fueros, ha sido una nación completamente libre, absolutamente autónoma.

II

La revolución social más transcendental de que fueron objeto en los tiempos históricos de la antigüedad los pueblos que habitaban el continente europeo y gran parte del asiático y del africano, fue la producida por la casi universal conquista llevada a cabo por las armas de Roma.

Uno de los pocos pueblos europeos que de tan extensa y profunda metamorfosis política se libraron fue nuestra Euskeria, que no era ciertamente en aquella fecha un solo estado sólidamente constituido, ni siquiera una confederación de estados, sino un conjunto abigarrado de multitud de pequeños señoríos y repúblicas, cuyas familias, procedentes de diferentes tribus de la raza aborigen de Europa, habrían venido emigrando sucesivamente a estos agrestes y deshabilitados lugares, conforme los extensos países que sus naciones poseyeran eran invadidos y ocupados por las diversas gentes que en el transcurso de los cuarenta o cincuenta siglos anteriores al apogeo de Roma, habían inmigrado en nuestro continente.

Mientras España, pues, se convertía en provincia romana y se latinizaba por completo en su lengua y costumbres y leyes y carácter, Bizkaya (nos ceñiremos a hablar de este estado euskeriano, ya que no cupo a todos igual suerte) se mantuvo en su primitiva libertad y exenta de extrañas influencias.

Llegó en este estado de cosas el siglo V, en el cual la mano de Dios, harta ya su Justicia de la abyecta corrupción de los imperios latinos, y realizando metódicamente el plan que para la propagación de la Iglesia de Cristo se había trazado, levantó de su asiento a los rudos pueblos que cazaban y guerreaban en las selvas del norte, y los lanzó sobre la afeminada a la vez que embrutecida raza del mediodía europeo, viniendo a ser España, como todas las provincias latinas, presa del viril invasor a quien llamaron bárbaro.

Aceptada sin resistencia por los españoles la dominación visigoda, uniéronse el corazón germano y la inteligencia latina en un mismo ser, informado por el espíritu del Cristianismo; mas si la España visigoda tuvo monarcas legisladores como Alarico y Leovigildo y guerreros como Teodoredo y Vamba, nunca su acero llegó a someter ni su cetro a imponer leves a este pueblo bizkaino, más rudo tal vez que los primeros godos, pero más amante que pueblo alguno de la libertad y la unidad de su raza.

A aquella espantosa revolución del siglo V, sucedió en el VIII otra más reducida pero más tenaz, encomendada esta nueva por la Providencia a las apiñadas hordas musulmanas; las cuales, penetrando en la península ibérica, derrocaron el ya envilecido trono visigodo, invadieron el territorio hispano, derribaron la Cruz y enarbolaron en su lugar la Media Luna. A los oídos de Bizkaya llegaba el eco del ruido del combate, los hurras de victoria, los rugidos del guerrero vencido, los ayes de un pueblo expirante; pero ella, guarecida en los repliegues de sus escarpados montes permanecía libre de extranjero yugo y una en su raza.

Dios, sin embargo, ya no descarga su justiciero brazo hasta extinguir y aniquilar a la humana sociedad que haya olvidado sus preceptos y negádole acatamiento: si un pueblo siente la pesadumbre de su Justicia, es sin duda por que despierte, reavive su fe muerta, reconozca la magnitud de su Poder y se vuelva a Él, que entonces se pondrá de su lado y le restituirá la fuerza necesaria para recobrar su bienestar perdido.

Así es como, acogiéndose al auxilio del Cielo y tremolando la enseña del Cristianismo enfrente de la agarena, los guerreros españoles retirados con el pavor de la derrota hasta el septentrión de su territorio, comenzaron a crear en las diferentes regiones otros tantos reinos, condados y señoríos, que habrían de nacer y desarrollarse independientemente los unos de los otros. (3) Eran, estos nuevos estados, pedazos inorgánicos de la destrozada España visigoda, los cuales, destruida ésta, habían de adquirir aisladamente (si no se resignaban a perecer) vida propia en la anormal época de la reconquista, para luego refundirse y constituir nuevamente, una vez normalizada la situación en los siglos XV y XVI, la España de que eran naturales componentes desagregados por accidente. Mas a ese grupo de estados no pertenecía en manera alguna el de Bizkaya: el cual, mientras aquellos eran subyugados por los árabes, perseveraba libre; cuando ellos reconquistaban su territorio al musulmán, conservaba intacto el suyo; y no obedecía más leyes que sus propias costumbres, ni acataba otro poder que el de sus batza´res, (4) cuando las regiones españolas, perdidos su cetro y legislación comunes, bajo cuya jurisdicción jamás estuvo Bizkaya, formaban nuevos códigos y establecían nuevas y parciales monarquías.

De esta suerte seguía disfrutando Bizkaya de su primitivo estado de perfecta independencia. Pero, amenazada de continuo del peligro de perderla, más principalmente por la ambición de los reinos españoles vecinos que por el vértigo marcial del islamismo, viose ya a fines del siglo IX en la necesidad de cambiar su constitución interna para oponer más segura resistencia a los embates del oleaje extranjero; y agrupándose a la sombra de un mismo poder y una legislación los distintos y pequeños estados en que su raza se hallaba dividida, obtuvieron preventivamente la fuerza aneja a la unión, y de un conjunto inarmónico de repúblicas separadas se formó una república nacional, y de un sinnúmero de reducidos ejércitos uno solo capitaneado por un jefe Jaun (Señor), para el cual cargo fue proclamado un bizkaino conocido en la historia por el apodo de Zuría (el Blanco).

Así el nombre de Bizkaya, que hasta esa fecha sólo puede tener significación geográfica y etnográfica, pasa ya entonces a expresar una nación y estado, que viene a ser, al constituirse, una República caracterizada accidentalmente por la forma Señorial.

(Continuará.)" (5)


(1) Arana, S.: Op. cit., pp. 267-270. (N. del e.) ÙVolver

(2) Esto no significa que Bizkaya ha de prescindir de las otras regiones de Euskeria. No: Alaba, Bizkaya, Gipuzkoa, Lapurdi, Nabarra, Naparrobera y Zuberoa son pueblos hermanados por los lazos naturales de raza, idioma, carácter y costumbres, y según la política nacionalista, están llamados a formar una Confederación. Tampoco es el separatismo todo lo que el nacionalismo abarca. En cada artículo no puede decirse todo sino solamente aquello de que en él se trata. ÙVolver

(3) Téngase mucho cuidado en advertir que estos señoríos y condados, por ejemplo los de Castilla, no son de la misma clase que el llamado Señorío o Condado de Bizkaya, como no son tampoco los Fueros españoles de la misma que el Fuero de esta República. Son grandes los deseos que tenemos de ocuparnos en este último punto, para desvanecer ciertas fraternidades regionales e identidades de derechos que, como artículos de fe se sientan y suponen por aquí en estos tiempos tan fecundos en desdichadas aberraciones. ¿No has oído muchas veces, lector, decir éstas o parecidas expresiones: también Cataluña, como Bizkaya, tuvo sus Fueros, y Valencia los suyos, y Aragón los suyos, etc.? Si es cierto que el nombre es signo de la cosa y no puede, por lo tanto, alterarla por ser posterior a ella, cuanto influye por la misma razón de signo, en el juicio que de aquélla haya de formarse, lo estamos viendo a cada paso. ÙVolver

(4) Asambleas de los cabezas de familia ÙVolver

(5) A pesar de esta advertencia, no se publicó ninguna continuación. (N. del e.) ÙVolver